El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

La ley de Ney

15.02.2018 
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ESCRIBO horas antes del enfrentamiento entre el Real Madrid y el París Saint Germain, con mucha literatura alrededor. Ambos generan letra y letra, y esas ruedas de prensa, sin embargo, surrealistas. Zidane, Zizou, tiene nombre de perfume, pero su español sincopado (nada que ver con quedarse sin copa) le sirve para huir: no entiende lo que le dicen, no está en esa pomada. Funciona. El periodismo deportivo, como el otro, necesita insistir, pero hay que acostumbrarse a que nadie diga nada definitivamente sustancioso para vestir un titular, como si se tratara de la política. Ignoro qué habrá sucedido ayer en el Bernabeu. Al lado de épica habitual, no falta quien vio en el choque una gran penitencia, la última posibilidad de redimirse. Sólo era un partido, pero tenía el sonido de la gran batalla, aunque Zidane no dejará por ello de dar explicaciones en voz baja, embutido en su abrigo azul, perplejo ante un vértigo que no es el suyo. Viendo las tertulias desaforadas, los titulares vibrantes, las apelaciones a la historia y el ‘spin-off’ de la vida de Ney, uno entiende que la narrativa ‘zidaniana’ no cuadre con la tensión del drama propuesto. 

Ney, en efecto, tiene su propio relato. Más allá de las adherencias narcisistas y del patriotismo blanco de Cristiano, que explica con gestos innecesarios a la grada sus incomodidades, el brasileño ha decidido vivir en una dimensión paralela al fútbol. Que huyó de Messi para tener su reino, es algo que muchos están dispuestos a aceptar. Ahora, una línea argumental del madridismo construye historias en las que se ve a Ney saliendo de Paris con sus huestes y acólitos, para instalarse en Madrid bajo un sol de verano. Huyendo del frío y el Sena desbocado, buscando una motivación quizás perdida. Hay que reconocer que anima el suspense, por más que muchos lo nieguen. En los tiempos que corren, no hay artistas que generen más morbo y atención que los futbolistas de élite, pues son vistos como una nueva aristocracia. Mientras Messi parece evitar el lado mediático y se esconde en su propia sombra para no ser visto, otros no pueden dejar de demostrar su reinado, aunque sea con una sonrisa irónica en los vídeos que giran vertiginosamente por las redes. El mandato de la felicidad continua se impone, ayudado por las marcas del carácter. Si hay dolor o miedo, no va a notarse. Tampoco protestas ni muecas al videomarcador, el gesto favorito de Cristiano.  

Ser rey en París es algo que tal vez Ney tiene asumido. Madrid es más terrenal. Si un día llegara, no podría ejercer de rey multimillonario que desciende al césped envuelto en una capa de oro, ajeno a otras glorias que pueda tener cerca. Él ya rompió un techo, creó su ínsula exclusiva. Gobernarse por sus propias leyes es placentero, a buen seguro, separado del mundo y envuelto en el disfrute perpetuo, pero la pasada noche alguien le habrá recordado, o eso espero, que él también es mortal. Ignoro si habrá sentido el polvo bajo la hierba fresca, si habrá rememorado los días en los que todo empezó. O si no habrá reconocido siquiera el tamaño de la batalla, donde se jugaba vida y fortuna, pero no tanto para él. No es malo ser terrenal a veces, por más que el refinamiento cortesano se haya apoderado de nuestro corazón.