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JAIME BARREIRO GIL

El futuro está delante, no detrás

14.09.2017 
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HAY varias razones para rechazar cualquier propuesta tendente a levantar fronteras en España, ya sean interiores o exteriores. Contra las de adentro, he ahí la vigencia de la Constitución de 1978 y los correspondientes estatutos que caracterizan a España como un Estado de Autonomías, con un nivel de descentralización política y administrativa que en pocos ámbitos planetarios más se disfruta. Es ciego quien no quiera reconocer la experiencia como un éxito. No quiero decir con ello que se haya alcanzado la perfección institucional, que todo esté ya como si no fuese necesaria ninguna mejora o reforma, pero sí que nunca antes en nuestra historia se había avanzado tanto en el reconocimiento de nuestra propia diversidad, con todas sus consecuencias, ni logrado niveles de libertad, bienestar, progreso y paz civil como hemos alcanzado en este nuevo contexto.

Contra las fronteras exteriores no hay argumento más preciso y contundente que nuestra pertenencia a la Unión Europea, en un proceso que, además, para España, se identifica con la reafirmación de nuestro propio compromiso democrático. La Europa en cuya construcción nos hemos implicado sin fisuras tiene como principal seña de identidad la supresión de fronteras y aduanas. Es, como su propio título indica, una unión, a la que no resulta incómodo sino todo lo contrario añadir la condición de supranacional. Europa ya no está en la fase de los estados, como sistema institucional que corresponde a la esencia identitaria de cada nación, sino en una más allá, en la que se habla de todas ellas al unísono.

Y si no bastase con lo dicho, hete ahí la esencia de la globalización como seña definitoria del mundo en que estamos embarcados desde hace ya más de un cuarto de siglo. El mundo es cada vez más uno, sin distancias insalvables ni peculiaridades sostenibles, diría incluso que sin extranjeros siquiera, porque es cada vez más común nuestra implicación en todo: en el crecimiento económico, los movimientos migratorios, el cambio climático, la paz y la guerra, el comercio, la difusión tecnológica ... en todo lo que se nos pueda ocurrir. Y el mundo, como la historia, sólo avanza, puede ser que con aciertos o desaciertos circunstanciales, pero ya no, nunca, con retrocesos.

Es por todo eso y alguna cosa más que podríamos añadir, que no entiendo qué es lo que nos está pasando: ¿es verdad que en España, bien entrado ya el siglo XXI, europeos y globalizados, volvemos a discutir sobre la pertinencia de fronteras y aduanas? Me cuesta trabajo creerlo. ¡Eso sí que sería un retroceso!

Doctor en Economía