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ISABEL GONZÁLEZ

Viaje marino medieval

15.02.2018 
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EL hombre ha sentido siempre el deseo y la necesidad de viajar porque su innata curiosidad lo mueve a conocer nuevas tierras y nuevas gentes. Como señala C. Magris, solamente con la muerte cesa esta apetencia.

En el Medioevo se distinguen claramente dos tipos de viaje: el terrestre (peregrinatio) y el marino (navigatio) y es, precisamente, dentro de este último en el que se sitúa el motivo de la nave mágica como metáfora de la vida. Dentro de la poesía lírica italiana del s. XIV es fácil deducir que los dos máximos exponentes son Dante y P­etrarca.

En el ámbito del viaje por mar, hay dos tipos de viaje muy diferentes, por un lado, la navegación serena, tranquila y apacible que lleva al hombre a la meta deseada, es decir, a alcanzar la felicidad, fin último del ser humano, y por el otro, la navegación tempestuosa, peligrosa, con fuertes vientos en contra y que después del naufragio más o menos violento, lo conduce a la muerte.

En el famoso soneto dantesco ("Guido io vorrei..."), el poeta desea que por encantamiento, él y Beatriz y dos de sus mejores amigos con sus respectivas amadas, puedan navegar en una barca sin ningún impedimento atmosférico, sino según su voluntad que no es otra que la de tener un viaje sereno y dedicarse únicamente a "ragionar sempre d'amore". Se trata de la nave del amor desde un punto de vista positivo: el enamorado cumplirá su deseo de tener una vida amorosa, feliz y sin ningún contratiempo.

Con Petrarca sucede todo lo contrario: el mar tranquilo muy pronto se transforma en un mar enfurecido, embravecido, tormentoso... En su conocido soneto ("Passa la nave mia colma d'oblio"), el poeta presenta un viaje durante el invierno en el que se levanta una terrible tempestad que hace encallar la nave. Es la nave del amor desde un punto de vista negativo que se convierte en la nave de la muerte.

Naturalmente estamos hablando de navegaciones alegóricas. Las naves son la metáfora de la vida, pero mientras Dante sueña con un mar tranquilo, es decir, con un amor sin sobresaltos, Petrarca describe su navegación llena de obstáculos, tantos que le van a impedir alcanzar la meta deseada: el amor de Laura.

Este deseo de viajar, consustancial al hombre desde sus orígenes, se ve también reflejado en la literatura medieval gallega por ejemplo en las Cantigas de Santa María, de Alfonso X el Sabio, en las que el viaje por mar va siempre unido al peligro. Pero aquí siempre o casi siempre aparece algún milagro, frecuentemente es la intervención de la Virgen María que evita el naufragio, cosa que no sucede en la lírica toscana.

Catedrática Filoloxía Italiana da USC