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tribuna

ENRIQUE SANTÍN

Política ficción

15.02.2018 
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NUNCA se pudo pensar que la comunidad autónoma de Cataluña, representativa de la parte del territorio nacional más rica, prospera, industrial y europeísta de España, pudiera caer en una situación tan extraña, esperpéntica e infantiloide, como la que viene atravesando en estos últimos años. Atrás quedan el seny, el sentido común y su espíritu pragmático para dar paso a un delirio colectivo, puramente romántico, sentimental, emocional y primario que actúa de narcótico sobre la población catalana, que se había caracterizado por su espíritu creador, emprendedor, conciliador y de progreso.

Es increíble que sobre su espíritu moderno y progresista, de proyección universal, se haya creado un mundo utópico e irreal, sólo existente en la imaginación de sus promotores, erigidos en liberadores de una patria ficticia, sometida a un falso victimismo y ansiosa de una Arcadia Feliz, libre de las garras de un Estado opresor.

Todo lo que está ocurriendo en Cataluña es pura ficción y fantasía, que, en el peor de los casos, se niega a reconocer el fracaso de su intento secesionista y se mantiene contumaz en su delirio supremacista, xenófobo y excluyente, que no sólo quiere ser distinto sino único y superior a todos los demás.

La paranoia o esquizofrenia soberanista bascula entre una falsa sociedad orwelliana y un Mundo Feliz de Aldous Huxley, es decir, o entre aquella que manipula la información y practica la vigilancia masiva y la represión política y social y la que imagina un mundo futurista en el que sus habitantes no tendrán ningún defecto, un mundo en el que todos serán completamente felices, un mundo casi perfecto.

Es evidente que todo el proceso separatista vive de la ilusión y la utopía y de la ficción sobre la realidad. Mientras la trama dura "todo es vida y dulzura"; pero cuando se desvanece, la frustración reconduce a la realidad y ésta difícilmente recobra la normalidad inicial y el sentido común correspondiente.

Todo el proceso separatista está basado en una inmensa ficción, en la que todo es virtual, es decir, irreal, imaginario y de cumplimiento legal imposible; pero que sigue manteniendo el mito y no recupera la lealtad constitucional ni la normalidad democrática. Se habla de una república simbólica; de un presidente huido y que se quiere nombrar telemáticamente y a distancia para fingir que lo es efectivo; un gobierno inexistente, un parlamento paralizado; en una palabra, una farsa en la que sólo creen y mantienen artificialmente sus adictos, mientras el Estado de derecho y, sobre todo el poder judicial, sigue su curso, sin prisas pero sin pausas, para demostrar que en España la ley se cumple y las ilegalidades se condenan.

En fin, la política ficción deja de serlo cuando se desciende a la vida real de los ciudadanos y se comprueban los efectos nefastos que sufre la población con el éxodo de sus empresas, la subida del paro, el descenso del turismo, la parálisis de la inversión y la tremenda incertidumbre o falta de seguridad jurídica que afecta negativamente a toda actividad productiva.

En definitiva, si antes Cataluña merecía lo que tenía, ahora Cataluña tiene lo que se merece.

Jurista y exprofesor universitario